Así, desciendo al mar y dejo a mis espaldas
las huellas que algún día sobre la arena hice.
Hay huellas soleadas, de un tiempo de cosecha
que supera a la siembra y llena mis alforjas
de exactísimo amor. O huellas perceptibles
sólo desde el olvido que impone la distancia.
Huellas que lastimaron esos guijarros gris
ocultos de mi andar, casi enterrados,
que zahieren mis pies sin alterarse.
Huellas entristecidas
ante el pájaro herido al linde de la playa,
que clama soledades.
Pisadas que acompañan mi perdida niñez,
fugada tras las olas y el viento de levante...
y así, desciendo al mar; ya todo está cumplido.