
Se ha adormecido el día,
mientras llueven silencios
sobre la calle gris. Más allá,
en la distancia que señalan los tiempos,
apenas se vislumbran las palabras esdrújulas
negadas de dictarse. Hay una lejanía
cercana al abandono de un tiempo
de violetas y coplas en la calle.
Miro con atención a la frágil mujer
que transita la acera. Intenta resguardarse
bajo la marquesina donde para el tranvía
(que remonta la cuesta colmado de intenciones)
Se tapa la cabeza con un pañuelo verde puede que
de otras fechas pasadas sin más gloria,
y procura librar a sus zapatos
de los charcos autistas que extienden
sus raíces sobre los agujeros. Resalta
su silueta como si el tiempo antiguo
allí se señalara y sus ojos de agua
entrecierran congojas y abandono.
Deseo consolarla sin saber de qué cosas
ni tampoco siquiera si ella lo permite.
Dimito de la idea de redimir un mundo
que apenas se sostiene y regreso a mi libro
sobre el sofá de siempre (donde guardo el secreto
de por qué algunos cuerpos se evadieron a tiempo
de la indudable soledad de aquel que nunca sueña)

4 comentarios:
Belleza plena, Carlos.
Un abrazo
Ana
gracias, Ana.
un beso y felicidades
Precioso, Carlos, qué bien lo dices y cómo llegas. Es un placer poder entrar en tu blog y difrutar de la calidad de tu poe´sía, querido amigo.
Un abrazo entre dos mares.
Julián Borao
Gracias, Julián. Ha sido un placer saberte cerca de mis versos.
Un abrazo
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