
Solíamos mancharnos
con jugo de las fresas robadas en la mata,
-socaire del guardián de honda certera y perro malas pulgas-
en mañanas de andar entre los huertos.
Enorme era la finca que adentrábamos
por senderos de cabra y peñascales...........................
...................................los cerezos, floridos,
guiaban nuestros pasos hasta la cañadú,
que libábamos, raudos,
ocultos en los surcos de un huerto con lechugas..........
....................................después, lleno de pringue,
mojado del regato que atravesaba el campo,
(regadíos y frutas orlaban con su estampa el final de la tarde)
regresaba a mi casa,
-inocente expresión que no mentía
a la mirada astuta de la abuela-
inventándome excusas siquiera planeadas,
negando la evidencia
y dejándome llevar a una bañera
que, tibia, reparaba,
en mudo sortilegio de estropajo y jabón,
mis pequeños embustes al hilo de la cena...................
Carlos Guerrero
(del poemario "las horas des-contadas")
