
Es frente a mí. No hay cantos
que acuchillen la espalda de la noche.
Se alejan de su andar, y con las sombras
ocultan de la luna sus caras macilentas. Arriba
espera un cielo agónico de estrellas. Repechan
la hondonada y coronan el valle de la muerte,
para encontrar sus huellas en caminos
desiertos de palabras. El otoño desviste de espesura
el jardín. Ella se inclina, es frente a mí, la miro,
recoge los silencios desgajados sin tiempo
del árbol del Edén. Pequeñas avecillas rapaces
diablean en la niebla con ánimas incólumes
y ceden las primicias del agua que se emana
de la fuente escondida. Y mientras, los alcores
que circundan la casa carente de ventanas,
dejan crecer hogueras en sus inmediaciones,
para dar luz al viento y calentar los nidos
de las aves que tienen pesadillas albinas.
que acuchillen la espalda de la noche.
Se alejan de su andar, y con las sombras
ocultan de la luna sus caras macilentas. Arriba
espera un cielo agónico de estrellas. Repechan
la hondonada y coronan el valle de la muerte,
para encontrar sus huellas en caminos
desiertos de palabras. El otoño desviste de espesura
el jardín. Ella se inclina, es frente a mí, la miro,
recoge los silencios desgajados sin tiempo
del árbol del Edén. Pequeñas avecillas rapaces
diablean en la niebla con ánimas incólumes
y ceden las primicias del agua que se emana
de la fuente escondida. Y mientras, los alcores
que circundan la casa carente de ventanas,
dejan crecer hogueras en sus inmediaciones,
para dar luz al viento y calentar los nidos
de las aves que tienen pesadillas albinas.
Carlos Guerrero
(del poemario "las horas des-contadas")

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